Esto lo escribí el 2 de noviembre pasado, pero por una razón u otra lo pongo hasta hoy.
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Ahora que estoy aquí frente a la chimenea de la vieja cabaña del abuelo es como si las memorias regresaran a mi cabeza en tropel, como no recordar los días felices de mi niñez que pase en este lugar tan alejado del ruido de la ciudad y de los problemas de la escuela, aunque tampoco olvidare esa noche.
Recuerdo que el reloj marcaba ya las doce y yo no tenía sueño, me levante de la cama de puntillas para no levantar a mis hermanos, sabía que si me veían fuera de la cama irían con el chisme a mis padres cuando regresaran de la iglesia, camine hasta llegar al comedor y me quede embelesado viendo la enorme cabeza de jabalí que colgaba en la parte central de este.
De pronto una mano tomó firmemente mi hombro, no pude evitar dar un salto, voltee no sin cierto temor y me di cuenta que era el abuelo que me sonreía, me preguntó que me pasaba, le explique que no podía dormir que sentía como si alguien tocara a la ventana de mi cuarto.
El viejo me tomó de la mano y nos dirigimos a mi cuarto casi despacio como si volara, me llevó hasta la ventana, levantó la cortina y me mostró, efectivamente había algo tocando mi ventana era la rama de un árbol que se mecía con el viento de la noche.
Yo lo tomé fuerte de la mano, el me miró y me preguntó si pasaba algo más, señalé debajo de la cama, le aseguré que había visto unos ojos brillantes que me miraban desde abajo, mi abuelo se arrodilló y gato negro salió caminando graciosamente, se paró junto a nosotros y empezó a tallarse contra las pierna del viejo.
Al final me explicó, que ese era Isis su gata y que él la había recogido porque la demás personas pensaban que el pobre animalito era de mala suerte y nadie lo quería, me hizo prometer, que yo cuidaría a Isis y que la querría tanto como él, le dije que si, entonces sonrió nuevamente y me acomodó en la cama, me cubrió con la cobija y me deseo buenas noches.
Dormí profundamente esa noche, al día siguiente me despertó un llanto, era el de mi hermana mayor, mi madre la abrazaba con un solo brazo, pues llevaba el otro enyesado, me levante como un resorte, quise hablar con ellas, pero mi padre que llevaba la cabeza vendada me sacó del cuarto junto a mi hermano.
Pasaron casi cinco minutos en los que mi padre veía el reloj con insistencia entonces nos explicó, una noche antes, luego de salir de misa a las once se dirigía junto a mi madre y mi abuelo al cementerio para festejar el día de muertos, pero en un entronque un carro que se salió de control chocó con el suyo y los volcó, luego hizo una pausa y nos dijo, “Muchachos el abuelo esta muerto”.
No podía creerlo, no, no, no, era la única palabra que escuchaba en mi cabeza, grite, llore, corrí por la cabaña lanzando las cosas al piso, mi padre intentaba pararme mientras yo chillaba que no era cierto, que el abuelo había estado ahí anoche, que me había cuidado cuando tenía miedo, que me pidió cuidar a Isis.
Unos días después cargando a Isis en mis brazos asistí a su entierro, durante meses no pude dejar de llorar por la perdida del viejo y aún ahora con el paso de los años a veces lo hago, recordando a ese hombre maravilloso que me cuidó, incluso después de su muerte.
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