Archivos para la Categoría 'Cuento'

El Abuelo…

Esto lo escribí el 2 de noviembre pasado, pero por una razón u otra lo pongo hasta hoy.
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Ahora que estoy aquí frente a la chimenea de la vieja cabaña del abuelo es como si las memorias regresaran a mi cabeza en tropel, como no recordar los días felices de mi niñez que pase en este lugar tan alejado del ruido de la ciudad y de los problemas de la escuela, aunque tampoco olvidare esa noche.

Recuerdo que el reloj marcaba ya las doce y yo no tenía sueño, me levante de la cama de puntillas para no levantar a mis hermanos, sabía que si me veían fuera de la cama irían con el chisme a mis padres cuando regresaran de la iglesia, camine hasta llegar al comedor y me quede embelesado viendo la enorme cabeza de jabalí que colgaba en la parte central de este.

De pronto una mano tomó firmemente mi hombro, no pude evitar dar un salto, voltee no sin cierto temor y me di cuenta que era el abuelo que me sonreía, me preguntó que me pasaba, le explique que no podía dormir que sentía como si alguien tocara a la ventana de mi cuarto.

El viejo me tomó de la mano y nos dirigimos a mi cuarto casi despacio como si volara, me llevó hasta la ventana, levantó la cortina y me mostró, efectivamente había algo tocando mi ventana era la rama de un árbol que se mecía con el viento de la noche.

Yo lo tomé fuerte de la mano, el me miró y me preguntó si pasaba algo más, señalé debajo de la cama, le aseguré que había visto unos ojos brillantes que me miraban desde abajo, mi abuelo se arrodilló y gato negro salió caminando graciosamente, se paró junto a nosotros y empezó a tallarse contra las pierna del viejo.

Al final me explicó, que ese era Isis su gata y que él la había recogido porque la demás personas pensaban que el pobre animalito era de mala suerte y nadie lo quería, me hizo prometer, que yo cuidaría a Isis y que la querría tanto como él, le dije que si, entonces sonrió nuevamente y me acomodó en la cama, me cubrió con la cobija y me deseo buenas noches.

Dormí profundamente esa noche, al día siguiente me despertó un llanto, era el de mi hermana mayor, mi madre la abrazaba con un solo brazo, pues llevaba el otro enyesado, me levante como un resorte, quise hablar con ellas, pero mi padre que llevaba la cabeza vendada me sacó del cuarto junto a mi hermano.

Pasaron casi cinco minutos en los que mi padre veía el reloj con insistencia entonces nos explicó, una noche antes, luego de salir de misa a las once se dirigía junto a mi madre y mi abuelo al cementerio para festejar el día de muertos, pero en un entronque un carro que se salió de control chocó con el suyo y los volcó, luego hizo una pausa y nos dijo, “Muchachos el abuelo esta muerto”.

No podía creerlo, no, no, no, era la única palabra que escuchaba en mi cabeza, grite, llore, corrí por la cabaña lanzando las cosas al piso, mi padre intentaba pararme mientras yo chillaba que no era cierto, que el abuelo había estado ahí anoche, que me había cuidado cuando tenía miedo, que me pidió cuidar a Isis.

Unos días después cargando a Isis en mis brazos asistí a su entierro, durante meses no pude dejar de llorar por la perdida del viejo y aún ahora con el paso de los años a veces lo hago, recordando a ese hombre maravilloso que me cuidó, incluso después de su muerte.

La Hora del Lobo…

Un cuento que escribí para celebrar la oscuridad de esta noche…
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Las manecillas avanzaban lento en la gran torre del reloj, los habitantes de Bannak Village celebraban como cada año el festival de Halloween, era la mejor época del año para el pueblo, de hecho muchos de los negocios de aquel pintoresco lugar tenían las mejores ventas en esas fechas cuando incluso venían personas de toda la región para disfrutar de la feria y toda la diversión.

Cientos de personas disfrazadas, demonios, brujas, vampiros, momias y hombres lobo, zombies y Frankenstein deambulaban por las calles riendo y participando de toda clase de juegos y bromas, niños pidiendo dulces acompañados de sus padres.

Todo transcurría pues igual que cada año en Bannak, bueno, no todo, por la calle principal del poblado un hombre de aspecto demacrado caminaba dando tumbos, su ropa sucia y desgastada combinaba a la perfección con su rostro marcado por profundas ojeras.

Apenas lo veía la gente se hacía aún lado era obvio que aquel sujeto no estaba disfrazado y para nada era participe de aquel festejo, de vez en cuando el extraño se acercaba a alguna persona y decía con voz temblorosa –Ya viene…está por llegar-.

Una y otra vez el vagabundo abrazaba a quienes pasaban a su lado para gritar en sus caras –El lobo, esta aquí…ya viene, la hora del lobo- dijo aún sujeto que vestía un traje de científico loco.

-¡Maldito ebrio! ¡Déjame en paz!- respondió el hombre y le empujó para después perderse entre la muchedumbre.

-¿Por qué? ¿Por qué nadie me hace caso? Yo lo he visto…el viene…viene por todos- Murmuraba el extraño tirado en el suelo mientras los pies de los transeúntes lo pisaban al pasar.

Casi sin pensar el hombre se puso de pie y dando tumbos se abrió paso entre la gente que se dirigía hacia la plaza para el espectáculo de fuegos artificiales, él no tenía tiempo para eso, sabía que la bestia estaba a punto de llegar, debía alejarse, huir lo más pronto posible.

Apenas salio de entre el gentío corrió rumbo al bosque que rodeaba el pueblo, corría lo más que podía, con todas sus fuerzas, no le importaba caer se levantaba una y otra vez, de pronto llegó a la cima de una colina, ahí cayó de rodillas miro al cielo y la vio, sabía que ya nada importaba.

Su rostro se perló de sudor, sus manos temblorosas se apretaron con fuerza a una roca delante de él, entonces sucedió, su cuerpo antes débil y delgado comenzó a crecer desmesuradamente, su ropa destrozada desapareció dejando en su lugar una mata de pelo rebelde que cubría su cuerpo completamente.

Era algo increíble, salvaje, sus huesos crujían mientras su boca crecía hasta convertirse en hocico, su forma antes humana perdía la forma hasta que sus dientes y uñas se convirtieron en verdaderas armas mortales capaces de destrozar a cualquier ser vivo.

El bestial ser se incorporó sobre sus patas traseras, sus dos metros y medio se dibujaron de manera imponente bajo los rayos de la luna llena que se elevaba en los cielos, acabada su transmutación miró directo a la muchedumbre que felices seguían disfrutando de su festejo, su lengua paso lentamente por sus colmillos y en su mirada se dibujo el ansía asesina, él lo advirtió, pero ahora era demasiado tarde la hora del lobo había llegado.

El caminante…

Dicen que por la tierra de los cuentos hay un caminante, un hombre acabado nadie sabe a ciencia cierta si alguna vez hizo algo de su vida, va de pueblo en pueblo, de villa en villa, nadie sabe su nombre, nadie le habla al pasar, pero saben que existe antes, le ha oido nombrar.

El hombre camina y camina lo hace sin parar, desde los verdes prados que bajan por el monte del Hechicero, hasta pasar por la casa de dulce envenenado, cruza por los hermosos bosques llenos de venados y el castillo de diamante, alto y almenado.

Va con su mochila al hombro y una vieja flauta, su cabeza cubierta con capucha hecha de cuero y manta, es un hombre callado que no busca problemas, aunque siempre lleve una cantimplora en la mano para ahogar sus penas.

Dicen quienes lo han visto que es fuerte y sabe pelear, lo saben bien los bandidos de Sherwood que lo han querido asaltar, no es un hombre que dude para entablar pelea si la causa es justa o se le molesta.

Algunas viejas chismosas a veces hablan de más, dicen que saben su historia y el porque de su marcha tenaz, cuentan dichas brujas que hace muchos, pero muchos años una princesa en un sueño eterno quedó sumergida y solo el beso de su amor la liberaría.

El caminante viajero, que era un hombre arriesgado, fue por ella, pues siempre la había amado, venció mil y un peligros para estar a su lado, conquistó guardianes y dragones malvados, llegó a su amor y como quien toca una rosa, con cuidado y delicadeza la beso en la boca.

La joven despertó de su sueño maldito y al ver amor a su amor, todo fue algarabía y gritos, siguieron festejos que duraron cien días, parecía que nunca acabaría la alegría, la princesa y su salvador muy pronto se casaron pero no todo había terminado.

El tiempo pasó con feliz armonía pero había alguien que con aquello sufría, el hada negra, la cruel Asmodora, contaba los meses para su hazaña vengadora, espero a que la princesa estuviera de encargo y le sirvió en su te un veneno amargo, la pobre mujer no aguantó tan vil mal y tuvo en el parto prematuro final.

Pero no solo eso fue parte de la revancha pues el hada negra continuó su revancha por la ventana de la torre más alta entró al cuarto de la nueva heredera y se la llevo sin que su padre impedirlo pudiera.

Desgarrado por la perdida de los amores de su vida, el hombre camina desde entonces buscando el remedio a su tristeza y su única salida, matar a Asmodora y encontrar a su hija perdida.

Si esa de verdad es su vida nadie lo sabe en la tierra de los cuentos, pues de esos rumores nadie tiene fundamentos, pero el hombre sigue caminando, sus pies no parecen parar ¿Y porque lo haría? Si solo quiere andar.

La historia de Peter Taylor…

Hace rato que no ponía cuentos, así que me decidí ha escribir uno, espero les guste.
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Goldwood es un pueblo pequeño y en los pueblos pequeños como este donde las grandes historias no son muchas hay cosas que nunca se olvidan y ciertamente Peter Taylor es una de ellas.

Peter era un chico como cualquier otro en Goldwood, un poco más travieso si así lo quieren, lo recuerdo como si hubiese sido ayer siempre andaba por ahí con su pelo alborotado, esos pantalones azules trozados de las rodillas y por supuesto su la infaltable resortera que había comprado en la tienda del señor Hawkins.

Por aquellos días nos divertíamos como cualquier crío, asustábamos a las gallinas, pescábamos en el río y por supuesto nos burlábamos del viejo Elmer, si, ese viejo era un ex-militar amargado que vivía en una sucia casona al final del camino la carretera interestatal.

Por esos años toda el área que ahora forma parte de la presa eran sembradíos y Elmer se dedicaba a la siembra de calabazas, algo muy tentador para dos niños armados con una resortera.

Era la noche del 31 de octubre, era la única noche del año en que nuestros padres nos dejaban salir hasta tarde para ir a pedir dulces, pero en lugar de ello Peter, los hermanos Hudson y yo nos fuimos directo al sembradío de calabazas, era enorme, cientos y cientos de calabazas y en el centro un feo y aterrador espantapájaros.

Ese era precisamente el blanco, el espantapájaros, Peter nos retó a todos a darle justo a la cabeza primero yo tome la resortera, tire pero mi piedra fue a pegar contra la cerca que dividía el campo.

Los hermanos Hudson también probaron, primero Joy, el más pequeño, pero su proyectil solo alcanzo a llegar unos metros adelante, luego Duncan su tiro fue soberbio dio en el blanco y la cabeza del muñeco cabeza se ladeo un poco.

Era el turno de Peter y créanme amigos cuando les digo a él no le gustaba perder, tomó la resortera y la estiro con tal fuerza que no solo le dio al espantapájaros sino que además lo atravesó con tan mal tino que su piedra se estrelló contra una de las ventanas de la casa del viejo Elmer.

Saltar y correr fueron uno solo, los gritos del ofuscado hombre se escucharon de inmediato, aparentemente estaba cerca de la puerta pues salio de inmediato, lanzando gritos e improperios, sin pensarlo dos veces soltó a Rufus un gran danés enorme, eso nos asustó aún más pero Peter no llegó muy lejos pisó una piedra y rodó colina abajo, el perro lo alcanzó y lo detuvo mientras su dueño lo tomaba por la oreja y lo metía a su casa.

Todo eso lo vimos escondidos detrás de un árbol, nos quedamos ahí esperando a que saliera, por más de 30 minutos cerramos los ojos sin atrevernos a salir y solo escuchamos los gritos del viejo diciendo que avisaría a las autoridades y efectivamente así paso una patrulla llegó sin imaginar el cuadro que encontraría dentro de la casa.

Lo siguiente no me consta pero Ronald Hudson, el comisario del pueblo y el padre de mis amigos nos lo contó años después, cuando entró a la casa vio una marca de sangre en la pared como si alguien hubiese sido estrellada contra ella, de inmediato sacó la pistola al tiempo que le avisó a su compañero y al pasar al comedor ahí estaba el cuerpo de Peter Taylor con la cabeza completamente destrozada como si se tratara de una calabaza.

Siguieron buscando por toda la vivienda y 15 minutos después encontraron al viejo Elmer en el ático, estaba ahí con una botella de vodka en la mano, se encontraba en posición fetal y temblaba como poseído, decía “el espantapájaros”, “el espantapájaros”, la noticia corrió como reguero de pólvora, el viejo Elmer no solo había matado al pobre Peter Taylor sino que ridículamente le echaba la culpa a un espantapájaros.

La gente del pueblo estaba indignada, enojada, querían lincharlo, quemarlo vivo, pero no pudieron pues al otro día al ayudante del comisario muerto y Elmer había desaparecido de su celda, de inmediato la gente del pueblo se lanzó en su búsqueda, una verdadera cacería humana que no tardó mucho pues por la noche ya habían dado con el viejo Elmer.

Estaba ahí, en su campo de calabazas con una hoz clavada en la frente y atado a la cruz donde antes se encontraba el espantapájaros, su cuerpo fue cremado y llevado por su familia lejos de ahí, del espantapájaros y de donde había quedado nadie sabe nada, pero por si las dudas los niños de Goldwood evitan dañar a esos muñecos de paja.

Cuento:Perdida…

Me quedo bien claro cuando la vi, ella era la mujer que quería, la que deseaba tener a mi lado, cruce con rapidez la autopista para alcanzarla pero no pude se perdió entre los árboles de la enorme alameda y mis ojos no pudieran seguirle el paso.

Desesperado por mirarle de nuevo corrí por cada camino, por cada vereda, no quedo en el parque un rincón sin revisar y justo cuando pensé que ya todo estaba perdido la vi, ahí estaba de nuevo, con su vestido de lino color turquesa, con sus ojos negros y su pelo recogido en media coleta.

Me acerque a ella mientras cruzaba al lado de la fuente de Venus, la diosa del amor, que lugar más hermoso, que lugar más perfecto para alcanzarla y decirle la razón de mi desazón.

Más sobrevino el desastre, fue horror y dolor, terror y locura, todo en uno, cuando un hombre se acercó a ella y la tomó de las manos, al principio intente negarme lo que me era evidente pero al verlos fundirse en un abrazo mi corazón se fundió de igual manera.

No se que pasó el resto de la tarde, solo recuerdo que anduve sin saber por donde, como zombi, por empinadas callejuelas, por lugares que no conocí por no estar ahí y es que no estaba, algo muy negro nublaba mi conciencia como para prestar siquiera un poco de atención.

Luego llegó la noche, al fin salí de mi ensimismamiento y pude ver la luna llena, enorme y amarillenta, como si la nube de mi propia desgracia cubriera su velo de plata, mientras el aire invernal atravesaba todo mi cuerpo como cuchillos de hielo.

Pronto estuve sobre el gran puente que cruzaba la ruta 33, muy despacio me dirigí hacia el barandal, me asome y pude sentir a mis espaldas la velocidad de los autos corriendo, sus luces intermitentes que me encandilaban, no lo pensé más y salte.

El golpe fue duro, mi cabeza dio contra el piso y mi cuerpo cayó cuan largo era sobre el piso de mi recamara, levante a tientas y encendí la luz del quinqué, mire mis sabanas revueltas y supe de nuevo en aquella indescriptible soledad de mi cama vacía que la única maldita verdad de aquella pesadilla es que la perdí.

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Un cuento que escribí una tarde perdida…

Cuento: El “Conde”…

Era un sujeto singular, llevaba una gabardina y un sombrero de hongo de color negro y textura afelpada, su rostro reflejaba un blanco mortecino y sus manos eran inusualmente largas, nunca supe bien a bien su nombre todos le decían “Conde” aunque era claro que no lo era.

Vivía como todos nosotros en una desvencijada vencidad del norte de la Ciudad de México, en el segundo piso, su casa entera no era más que cuartito donde lo más sobresaliente era una vieja maceta sin planta alguna, nunca tuvo tino para eso de las plantas decía el viejo.

Aún lo recuerdo, saliendo cada día con un enorme saco de ropa usada y es que ese era su oficio, ropavejero, ¡Ropa usada que venda! ¡Ropa usada que venda! Era su grito de batalla de lunes a sábado a pesar de que las canas ya llenaban su cabeza y las arrugas surcaban su rostro como los navíos el mar.

El domingo era su único día libre, no ese día no se trabajaba era sagrado para ese hombre, ese día corría al viejo estadio para ver a sus “morenitos” su Atlante, como lo quería, ahí estaba en su lugar de siempre, atragantándose de botana y gritando como nadie podía.

Al “Conde” le tocaron buenas épocas para los “Potros de Hierro” el campeonato del 41, donde su héroe Horacio Casarín fue pieza clave, estaba tan emocionado ese día el pobre sujeto que llego ebrio y Panchita la portera no le abrió en toda la noche, durmió en el quicio de la puerta pero poco le importó si su Atlante, ese del pueblo era campeón.

Lo que al final haya sucedido con el “Conde” es para mi un misterio, lo último que supe de él fue que se había ido a vivir con un sobrino los últimos años de su vida, en cuanto a mi aún recuerdo su risa contagiosa, sus canciones cantadas a la luz de una vela y esos ojos chispeantes que transmitían la alegría de una vida que aunque dura fue bien vivida.

Testigo…

Un cuento que escrbí una noche de tantas…
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Mire desde mi lugar en el cuarto, tu hermoso rostro recargado sobre la almohada de plumas que la tía Frida te trajo de San Juan, tus ojos cerrados, tus manos en perfecta armonía con tus piernas que caían gracilmente entre los pliegues de las sabanas azules y rojas.

El despertador sonó como cada día y puedo escuchar tu respiración entrecortada mientras te levantas y ves con cara de odio al maldito aparato y su insistente timbre, tu pelo cae sobre tus hombros, acomodas tu blusa mientras te estiras y bostezas, volteas para verme y me sonríes, yo como cada mañana, como siempre te devuelvo la sonrisa.

Abre la ventana y un rayo de sol se cuela por entre las cortinas hace un día precioso pero ni así me parece que rivalice contigo, te diriges al ropero sacas tu ropa, tomas la toalla y entras al baño, puedo escuchar como cae tu ropa el ruido del agua y mi mente fantasea con el momento.

Sales con la toalla enredada en la cabeza, pronto la dejas sobre los cuernos de la bicicleta estacionaria esa que compraste en diciembre y que nunca has usado a pesar de que ya estamos a mediados de marzo, mucho trabajo según me has dicho, muchas citas, muchos hombres inútiles que nunca te entienden y te hacen llorar.

Llorar, te he visto llorar tanto estos días que me es imposible pensar en otra cosa, no morirme de celos y de coraje cada vez que uno de esos idiotas te deja, te engaña y te parte el corazón, cada que les das el alma y solo te pagan con traición y desengaño siento que algo me hierve.

Vas rumbo a la cocina desde el cuarto puedo oír como preparas tu desayuno aunque se perfectamente que estas preparando tu cereal, leche deslactosada, si querida aún lo recuerdo eres totalmente intolerante a la lactosa, comes rápidamente no hay mucho tiempo.

El reloj sigue su marcha y aún tienes mucho que hacer, pagar la luz, ir de compras, al trabajo, sacar a pasear al perro, vuelves al cuarto me miras enojada, me gritas, me recriminas que no te ayude, me tiras con el despertador caigo al suelo mi cabeza esta rota.

Te acercas corriendo me levantas del suelo y con totalmente bañada en lagrimas me pides perdón y colocas de nuevo el retrato sobre la mesa de noche, mientras tanto yo solo te miro, aquí encadenado a este cuarto, atrapado sin salida, incapaz de ayudarte, tan inútil como cualquier fantasma.

Cuento: El viaje…

Adrián entornó los ojos para ver cuanto lo rodeaba era absolutamente maravilloso, desde ese lugar se podía ver el la cima de los altos montes a los lejos, allá con sus frondosas arboledas recordó cuantas veces los recorrió de niño tomado de las manos de sus padres.

Recordó especialmente un día, el había estado buscando un trébol de cuatro hojas sin encontrarlo, su padre le regalo uno, años después se enteró de que el pobre viejo había tenido que caminar por el bosque durante más de tres horas para encontrar uno.

La suntuosidad del mar de color azul turquesa que bañaba las playas en las que miles de personas tomaban un descanso tumbadas al sol del mediodía, felices, sonrientes, tantas personas como diminutas hormigas, ¿Qué estarían pensando? Daría todo su dinero por saberlo.

De nuevo recordó a su familia, las vacaciones en el mar, los juegos con sus hermanos y sus primos, su primera novia, su primer beso, su primera decepción, todo ocurrió en aquella playa lejana de su infancia que ahora lucía tan distinta.

Más de nuevo regresó a su realidad, podía escuchar con claridad el ruido de las gaviotas que pasaban a toda velocidad cargadas con sus presas, podía escuchar el aire, sentirlo golpeando contra su rostro a una vertiginosa velocidad.

Cerró los ojos, disfrutando de aquel viaje único, ese que le llevaría a conocer la realidad, su sentido de la vida, su verdad, sabía que eso era algo que tenía que hacer, algo que siempre había querido hacer, abrió los ojos de nuevo justo antes de tocar el suelo rocoso del acantilado y feliz de terminar el viaje.

Cuento: El Tigre…

Un cuento más, que escribí la noche, de anoche.
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Con desdén Víctor miró al sujeto frente a él, era un tipejo insignificante, más bien flaco y con unas terribles ojeras debajo unos ojos gachos como de perro viejo, tenía una expresión terrible en la cara, esa que había visto ya cientos de veces, como si la vida le hubiese jugado chueco.

Sí, él conocía a la perfección a pequeños humanos como aquel que se presentaba ante su vista, ratas rencorosas, que no habían tenido nunca una buena vida y con un trabajo que aunque bien pagado nunca le consiguió lo que buscaban, respetabilidad.

Su ropa lo denunciaba aún más, llevaba una bata vieja que aunque en algún momento tuvo una buena estampa hoy se reducía a un simple jirón viejo y desteñido que colgaba casi con desgano sobre los hombros de su dueño que revisaba su ralo bigote.

Víctor escupió en el piso y al levantar el rostro lo vio de nuevo, estudio sus facciones aún más a fondo, una cara avejentada a pesar de que apenas contaba con 50 años y esa pelona que lo había acompañado desde joven.

Como un libro abierto, así podía describirlo Víctor Castelo conocía a su victima tan bien como a todas las demás, tan bien como un tigre debía conocer a un conejo y es que eso era él, un tigre, un asesino, conocer a sus presas era su trabajo y él era el mejor en eso.

Harto de esperar sacó pistola del bolsillo, colocó el cargador mientras un brillo homicida le cruzaba por los ojos, apuntó con su mano firme, como lo había hecho una y mil veces, sin pensarlo dos veces jaló el gatillo y sus sesos quedaron esparcidos sobre el espejo mientras el cuerpo sin vida de Víctor caía sobre el lavabo.

El viejo…

Un pequeño cuento que escribí, hacía rato que no escribía y hoy me salió de pronto.
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Los preparativos siempre eran iguales, la ropa perfectamente acomodada sobre la mesa de noche, su enorme saco, su pantalón que debía haber crecido una o dos tallas ese año gracias a la excelente comida de su esposa, se miró al espejo, ciertamente la barriga abundante de por si se había expandido unos cuantos centímetros.

Se acomodó su pelo blanco y quitó las gafas sobre la mesa mientras se sacaba las botas, estaba agotado esa tarde había estado muy agitada, primero el intento de huelga de cada temporada en la planta, era igual año con año, pero como siempre había conseguido aplacar a los revoltosos prometiendo algunos aumentos.

Pero eso no fue todo, además había tenido problemas con las bandas transportadoras de las máquinas empaquetadoras y por un instante pensó que nunca acabaría a tiempo el enorme embarque pero finalmente y como siempre el buen y viejo Marty, un hombre bajito y bonachón de todas sus confianzas había llegado con su pericia en la mecánica y como por arte de magia había arreglado lo que antes pareciese irreparable.

La cama aparecía para que el hombre enorme y viejo como un refugio a aquel trajín que los últimos meses habían arrojado sobre su cansada espalda, se acostó y apenas unos minutos después ya roncaba con fuerza, mientras al lado su esposa daba vueltas por la cama intentando conciliar el sueño ante aquel verdadero concierto de soplidos y respiraciones.

La luz de sol le tocó la cara, con lentitud salió de la cama, ni siquiera pensó en tomar desayuno, salió directo al taller donde ya todo estaba preparado y acomodado al igual que lo estuviese la ropa que ya puesta, dio una última inspección a todo nada podía salir mal, nada.

El día paso volando y esa noche, a la luz de las estrellas el viejo hombre en se encaminó hacía donde debía dejar sus encargos, recorrió con diligencia todos y cada uno de los lugares de desembarco, con rapidez poco propia para alguien de su edad todos y cada uno de los paquetes fueron entregados, mientras el frío invernal lo golpeaba con fuerza en la cara.

Finalmente llegó a la último lugar de desembarque, el frío calaba, su espalda cansada y esa vieja pierna herida luego de caer de un techo le dolían bastante, pero siguió adelante y entregó el paquete, finalmente cansado y abatido, se ocultó a las afueras de la enorme sala iluminada por una chimenea, desde aquel sitio pudo ver a dos niños pequeños que felices brincaban entre sus regalos, abriendo las cajas, trozando los envoltorios en total desorden, la inocencia era su risa, la emoción parte de su mirada y entonces aquel viejo olvido sus dolores, sus problemas y dificultades mientras un calor invadía su cuerpo, y supo porque lo hacia, porque lo haría siempre, por todos los niños del mundo, después de todo, él era Santa Claus.

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