La Varita…

El día apenas clareaba cuando el muchacho miró por primera vez el callejón Diagon, sus ojos ansiosos se posaban sobre todo cuanto ahí había, extraños negocios vendiendo artículos que nunca pensó ver, personas vestidas de las formas más raras y estrafalarias que deambulaban en un mar de murmullos y empujones.

Volteó para ver al hombre que lo acompañara como si tuviera mil y un dudas acerca de todas aquellas que por primera vez se abrían ante él, pero este solo se limitó a señalar una desvencijada puerta, era un negocio pequeño que apenas y podía notarse en aquella atiborrada calle.

Ambos entraron y una campanilla acomodada sobre la puerta sonó avisando a su dueño la llegada de nuevos clientes, de inmediato apareció un hombre de cara adusta, sus ojos fríos y pequeños examinaron al jovencito que tenía frente a él.

Sin decir una sola palabra entró de nuevo detrás de su mostrador y descubrió una cortina detrás de ella había un enorme escaparate con miles de polvorientas y apiñonadas cajas, de inmediato tomó una de estás para después abrirla y sacar una varita que entregó al mago principiante.

-Prueba, por favor jovencito- se limitó a decir con una sonrisa intimidante en sus labios.

Sin terminar de entender del todo lo que ocurría el chico extendió la varita, de inmediato un brillo dorado le rodeó y de la punta de esta salio una lluvia de chispas que al llegar al piso dejaban pequeños marcas.

-¡Impresionante! no tuve que medirlo, no tuve que hacer nada, al instante supe que él estaba destinado a poseerla- manifestó animado Ollivander.

-¿Destinado?- Preguntó el chico-.

-Si muchacho, acebo y pluma de fénix, veintiocho centímetros, se que harás cosas fantásticas hijo, tuviste una reacción poderosa.

-Bueno Ollivander, un placer visitarte, aquí tienes el importe, nos veremos otro día, ahora creo que es momento de irnos Tom- dijo el profesor Dumbledore mientras sus ojos se clavaban sobre la sombría carilla de Tom.

-Si señor Dumbledore- Contestó Tom Ryddle, al tiempo que apretaba con fuerza aquella varita y lanzaba una risa por lo bajo como si supiera que aquel trozó de madera y imbuido con la fuerza del Fénix estaba marcado para llegar a lo más alto dentro del mundo mágico.

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