El Grito…

Un cuento, escrito por un servidor, hace apenas un momento, espero les guste.

Había llegado a Bayou Bartholomew hacía apenas unas horas y los malditos mosquitos ya me estaban comiendo, el clima era sencillamente horrible, había estado lloviendo todo el día y los gruesos nubarrones que cruzaban el cielo no parecían tener intenciones de marcharse.

La lancha en la que me movía tenía un motor antiguo y destartalado casi igual que su dueño, el viejo Lu, era un nativo de aquellas tierras empantanadas, lo conocía desde chiquillo cuando mi padre venía a visitar a la tía abuela Magda, ahora la buena mujer se había ido y yo venía aquí porque ese fue su último deseo.

Pronto el viejo Lu, me dejó en el muelle carcomido a las orillas del río Ouchita, bajé de un salto y toda las tablas crujieron como si la madera fuera a ceder por mi peso, pero no fue así, me despedí de mi acompañante y me marché con mi equipaje.

La casa de la tía Magda lucía como siempre, los tejados rojos, perfectamente alineados, y la fachada pintada de color blanco, estaba un poco empolvada eso sí, pero era normal considerando que nadie había vivido en ella durante casi cinco meses.

Apenas llegué al viejo porche intente prender la luz de la entrada pero no lo hizo, al principio supuse que estaba fundido, pero luego vi la cantidad de recibos acumulados y entonces me di cuenta de que habían cortado los servicios, otro problema más que arreglar.

Esa noche tuve un sueño intranquilo, nunca me había acostumbrado a dormir en otra cama que no fuera la mía y para colmo los insectos seguían dándose una banquete con mi pálida piel de citadino, eran casi las 2 de la mañana cuando por fin logré pegar los ojos, aunque si hubiera sabido lo que viviría esa noche no lo hubiese hecho.

El reloj marcaba las 3:30 AM cuando desperté de un salto, había escuchado un grito, no cualquier grito, uno desgarrador, desgañitado, me asomé por la ventana y no vi nada, tomé una lámpara de petróleo que descansaba sobre la mesa de noche e intenté iluminar la oscuridad pero no servía de nada.

Salí de la cama y avancé por la casa, tenía los nervios de punta, no sabía porque, no me quedaba claro, pero sabía que no estaba solo, había alguien más ahí, conmigo, en la penumbra, alumbré dentro de cada habitación, de cada rincón de la casa, abrí la puerta del baño y una figura sombría salto sobre mí.

Caí de espaldas cuan largo era mientras unos ojos brillantes y de un resplandor rojizo me observaban, -¡Maldito gato!- Murmuré para mis adentros mientras el animal se marchaba tranquilamente contoneando la cola y haciendo su peculiar ronroneo.

Harto de aquella búsqueda inútil decidí volver a la cama pero en ese momento lo escuche de nuevo, el grito, ese grito que helaba la sangre y hacía erizar mi piel, esta vez parecía venir de afuera, llegue al cuarto y abrí mi maleta, saqué mi linterna y mi celular, aunque dudaba que tuviera buena recepción.

Me dirigí a la sala de tía Magda y tome su oxidada escopeta de la pared, rogué porque tuviera balas y abrí el cerrojo de la puerta, cuando salí la noche parecía tranquila, la luz de la luna se reflejaba en el agua del río y apenas el ulular de unas cuantas aves turbaba el ambiente.

Pensé en regresar pero no podía, algo me llamaba, de pronto volteé a la izquierda y vi una hilera de luces que se movía entre los árboles, no alcanzaba a ver que era, pero parecía como si decenas de antorchas se movieran al compás, decidido saber que pasaba me encaminé hacia aquel lugar.

Caminaba con cuidado a pesar de la luz de la linterna de mano, el camino era traicionero y mis zapatos no eran muy adecuados para caminar en aquella tierra lodosa, me metí entre los árboles empujando las ramas con la punta de la escopeta, lo que menos quería era que una serpiente me mordiera ahí en medio de la nada.

Avancé hasta acercarme a la luz, mientras más avanzaba me parecía escuchar algo y pronto me di cuenta que así era, era una especie de murmullo que acababa de empezar, pronto ese murmullo se convirtió en coro, el más extraño que hubiese escuchado nunca.

Pronto llegué al lugar de donde aquel sonido y la luz provenían, apagué mi linterna para no llamar la atención y me asome entre las ramas de los arbustos y lo vi, aquello era irreal, dantesco y a la vez fascinante, un grupo de personas todos vestidos de blanco bailando alrededor de una pila de antorchas acompañados por el coro fantasmal de voces.

Había ahí cerca de 60 personas, hombres, mujeres, niños, adultos, blancos, negras, no importaba la edad o el color todos entonaban aquel lúgubre canto, en ese instante la muchedumbre se abrió y un hombre de aspecto imponente salió de entre el grupo.

Medía aproximadamente 1.80, tenía el cabello largo y blanco e iba casi completamente desnudo de no ser por un taparrabos y una máscara, no cualquier máscara era una de aspecto horripilante, parecía la cara de un hombre en agonía gritando con profundo dolor.

El extraño líder de aquella congregación se paró frente a las antorchas y los cantos cesaron de inmediato, levantó entonces los brazos y salió de su boca un chillido que me puso los pelos de punta, ese era, ese era el grito de antes.

Intenté correr, pero estaba paralizado y entonces por primera vez escuché palabras que podía entender –Hermanos, estamos aquí para rendir culto a nuestro amo y señor, para entregar el sacrificio, para dar una vida a cambio de las nuestras, ¡Traigan al sacrificio!-.

En ese instante todos y cada uno de los presentes voltearon hacia donde me encontraba, de un solo salto me puse de pie pero era demasiado tarde, un hombre al que no había visto acercarse saltó sobre de mí, lo golpeé con el arma y salí despavorido.

Entonces como si de una cacería se tratase todos los presentes empezaron a correr tras de mí, podía escuchar el ruido de sus pasos tras los míos, sus respiraciones agitadas, sus gritos espantosos que partían la oscuridad de la noche.

Pero yo seguía corriendo, quitándome los cuerpos que salían a mi paso uno tras otro, hombres, mujeres, niños, ancianos, todos tras de mí, todos queriendo un pedazo mío, eran como una jauría de perros endemoniados con sus bocas espumeantes y sus ojos en blanco.

Apenas alcancé a entrar a la casa, cerré la puerta tras de mí, pero sabía que no se había terminado, estaban ahí, afuera y así era, podía ver como se movían y sus rasposas voces aullando cosas que nunca pude entender.

De pronto sentí el primer golpe contra la puerta, luego otro y otro, la puerta era pesada, pero eran muchas manos golpeando, empujando, arañando, la puerta cedía, las ventanas se rompían, en ese momento empuñe la escopeta y cuando la puerta se abrió descargue contra la figura que apareció en el marco.

Los oficiales que fueron a buscarme al otro día dijeron que no habían encontrado nada de lo que había descrito, ni cenizas de la pila de antorchas, ni pasos, ni ventanas o puertas rotas, solo a mí, temblando de frío con el arma en las manos y en la puerta el cadáver del viejo Lu.

Eso pasó hace nueve meses, ahora estoy aquí, en el hospital Saint Michel para personas con trastornos mentales, en este lugar estoy bien, estoy a salvo, aunque no duermo, por las noches cierro los ojos y en la oscuridad puedo escuchar aún ese grito que nunca, nunca me dejara.

FIN.

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