Villa Lamont…

Villa Lamont era una preciosa residencia estilo porfiriano en una de las más antiguas y distinguidas zonas de la Ciudad de México, su antiguo dueño el conde Víctor Lamont había llegado a vivir en ella durante el finales del siglo XIX y la habitó hasta finales de 1912 cuando ya reinaba el caos revolucionario.

Monsieur Lamont era un distinguido médico francés, una eminencia en cuanto al cuerpo humano se refiere había hecho multitud de estudios, trabajando en las morgues de Paris y Londres, donde contrajo matrimonio con una hermosa mujer que apenas un año después le dejaría viudo víctima de una fiebre muy maliciosa.

Llegó a México en 1889 para visitar Guanajuato, donde había leído que había cuerpos momificados en los panteones del lugar, después solo se supo que compró un terreno en la ciudad de México y estableció su consultorio en un pequeño edificio separado de la propiedad.

Durante años y sin motivo aparente la casa había estado cerrada pues Lamont había muerto sin dejar descendencia, se decía que algunos funcionarios del gobierno habían ido a la casa después de la defunción de su propietario y habían salido espantados de aquel lugar, aunque nada de esto se había podido confirmar.

No fue sino hasta el año 2010 cuando Villa Lamont fue abierta de nuevo por funcionarios del gobierno mexicano y lo que allí se encontró dejó estupefactos a quienes entraron, la residencia era un verdadero museo de cuerpos disecados, montones y montones de momias, todas acomodadas en vitrinas y sarcófagos abiertos.

Las había de todos tipos, hombres, mujeres, niños, un anciano por acá, una mujer embarazada por allá, adornaban todos y cada uno de los rincones de la casa, cada momia tenía incluso pequeños carteles pegados aún lado donde se especificaba su nombre, el lugar original de descanso y como había llegado a la colección Lamont.

De inmediato se empezó un plan para abrir Villa Lamont al público aquel era un museo de momias a la altura del de Guanajuato, digno de ser visitado y visto por toda la gente que así lo quisiese y para finales de 2011 la casa estaba restaurada y la colección de cuerpo perfectamente estudiadas y catalogadas.

Era de noche cuando José García llegó a su primer turno en Villa Lamont, José era un hombre joven de unos 24 años pelo negro y piel morena que había conseguido el puesto de velador gracias a su primo Nicanor, apenas llegó a la casa fue recibido por un hombre mayor.

-Buenas, tú debes ser José, yo soy Ramón Pérez, soy el vigilante del turno de día, supongo que ya sabes que vas a cuidar ¿No?- dijo el anciano mientras se recogía una gorra y se ponía pesada chamarra –Si lo sé, momias dicen- contestó el joven.

-¡Ey! respondió como afirmación el anciano –Solo te digo chamaco, que te quedes aquí cerca de la entrada lo más que puedas, solo entra ahí para hacer tu ronda y sales rápido y no entrés al cuarto principal, no está dentro de la exhibición y no te va a gustar, yo sé lo que te digo- aconsejó el viejo con voz cascada y sin decir más abandonó el lugar.

José río para sus adentros, el viejo parecía ser como todos los mayores, muy supersticioso y lleno de miedo por unos cuantos muertos, con ese pensamiento en mente el velador se dispuso a dar su primera ronda, linterna en mano empezó a inspeccionar el lugar, sala por sala, rincón a rincón de aquel sombrío caserón.

Ahí la muerte estaba por todos lados, en cada rostro secado por el paso del tiempo, en cada mano acomodada en poses extrañas, en esas cuencas sin ojos, en esas pieles enjutas de color de marrón, en esos escasos pelos resecos que parecían sobrepuestos sobre aquellas cabezas de formas bizarras.

Continuó por cada uno de los cuartos, hasta que al fin llego a la sala principal, el recinto estaba adornado con una enorme lámpara de techo de fina cristalería, con una elegante escalera central que llevaba a la parte cerrada al público.

El hombre se paró ante la imponente escalera, sabía que estaba prohibido que no debía subir ¡Pero qué diablos! Estaba solo, completamente solo y probablemente después de la inauguración no volvería a tener una oportunidad igual con cuidado saltó la cadena que estaba frente a las escaleras y empezó a subir hacia la enorme puerta de roble.

Llegó al cuarto y empujó la puerta, para su sorpresa no estaba cerrado y el viejo portón se abrió dando un largo y agudo chillido, penetró en aquella habitación en penumbras, afuera empezaba a llover y la luz de un relámpago alumbró con débil resplandor el cuarto.

Lo que vio lo dejó helado, ahí estaba una cama perfectamente tendida, sobre ella, el cuerpo momificado de un hombre vestido de traje entero, con su sombrero sobre el pecho, arriba, en el lugar donde debía el respaldo de la cama había una especie de altar y sobre él, el cadáver de una mujer de piel cetrina, largos cabellos rubios aún adornaban su cabeza y caían bajó el velo de su vestido blanco, un vestido de pureza, un vestido de novia.

Con la linterna alumbró el lugar y descubrió una placa de color dorado que decía, “Aquí yace Víctor Lamont, junto al cuerpo de su amada Rose, maldito sea el que perturbe su eterno descanso, maldito de aquel que profane con sus ojos el amor de dos inmortales”.

De inmediato José sintió que un sudor frío perlaba su frente y que un escalofrío recorría su espalda, sin pensarlo dos veces soltó la linterna y quiso dejar aquel lugar, no podía estar más tiempo ahí, no quería, era un error haber subido, ahora lo sabía.

Mas en su prisa, chocó de frente con una mesa y luego contra un pesado librero este se balanceó peligrosamente atrás y adelante para caer aplastando las piernas del desafortunado velador, el terror le invadió por completo, unas ganas gritar que se agolpaban en su garganta, lo intentó, pero en la oscuridad una mano casi descarnada tapó su boca y ahogó su último suspiro.

Al otro día no hubo noticias de José, su esposa y su primo Nicanor fueron a preguntar por él, pero nadie lo había visto, según dijo don Ramón, el guardia del turno de día, lo había dejado ahí por la noche, pero por la mañana ni rastro del hombre, ambos se fueron sumamente preocupados.

Mientras tanto en la sala que quedaba frente a las escaleras nadie había notado el nuevo cuerpo que ocupaba una de las vitrinas, sus piernas estaban destrozadas, pero en su rostro marchito y con la carne pegada a los huesos se podía ver un sufrimiento indescriptible y un pequeño cartón que decía “José García-Ciudad de México”.
—————————————
Un cuento que escribí esta noche para ustedes, espero lo hayan disfrutado.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s