Cuento: El Truco Final…

El asombro ahogaba las gargantas cuando el mago pasó la espada por su boca, la multitud miraba maravillada como el hombre movía la peligrosa arma a su antojo dentro de su cuerpo, de inmediato el público rompió en aplausos, el mago se quitó la chistera y saludo al respetable público que le otorgaba de nuevo su anuencia.

Su acto terminó y el mago salió haciendo toda clase de agradecimientos, una y otra vez hizo reverencias hasta que por fin salió de la carpa, estaba sonriente, orgulloso, él era el Gran Magnus, la estrella del circo, el acto de actos, era simplemente el mejor y debía festejarlo como tal, fue a su camerino y sacó su mejor botella de vodka, las horas pasaron trago a trago, vaso a vaso sintió a la vivificante bebida subir por su cuerpo.

Borracho ya y como siempre hacia cada noche se acercó a las jaulas de los animales mientras una pertinaz tormenta caía sobre la explanada, riendo a carcajadas arrojó cacahuates a los monos, con tal fuerza que estos no paraban de chillar y dar de saltos por toda su prisión, luego fue directo al habitáculo del león, el felino dormitaba tranquilamente y con veloz movimiento le jaló su cola, lo que hizo rugir a la feroz bestia, que impotente lo miraba del otro lado de las rejas.

No podía parar de reír, de gozar, le gustaba la atención de la gente, pero si había algo que le gustaba más, era hacer sufrir a aquellas absurdas creaturas, esos seres descerebrados que solo estaban ahí para medio entretener a ese público que sabía por derecho era suyo y de nadie más.

Estaba harto de ver que el león se llevará aplausos, que los monos hicieran reír a los niños, que las caras de sorpresa y los gritos de estupor no se hicieran esperar cuando los elefantes hacían acto de aparición, pero había algo que odiaba más, algo que le revolvía el estómago y le estrujaba con fuerza por dentro y ese algo era Osvald.

Osvald era un poni, un caballo regordete y enano con cara de inocencia, tambaleándose se acercó al corral del animalito y desde la barrera lo miró con profundo desdén, era feo pensó, era más bien lento y  tonto, pero a pesar de ello esa potranco era su mayor competencia, la mayor mancha en su vida.

Era la cara de Osvald la que adornaba los carteles del circo Cadmus, era su acto el último en escena, incluso los niños se tomaban fotos con ese ridículo,  tambaleante y horrible remedo de jamelgo, le opacaba, le quitaba los reflectores, un trueno retumbo a los lejos y como si su sonido activara algo dentro de su cerebro el mago se agachó y tomó una pala del piso.

Con dificultad logró la saltar la cerca que lo separaba del caballo, el alcohol nublaba sus actos, había perdido por completo el poco buen juicio que tenía, era ahora o nunca, era Osvald o él, esa noche, el terminaría para siempre con ese inmundo animal, iluminado por la débil luz de una lámpara que colgaba de un poste Magnus levantó la pala y con furia descargó un golpe sobre el poni, erró y se desplomó sobre una charca de lodo.

Furioso, maldiciendo su mala suerte, se levantó, sus ojos estaban inyectados de sangre, su boca temblaba de coraje, sus manos se asieron con fuerza a la improvisada arma y entonces una poderosa descarga lo envió a volar por los aires.

Los diarios de Rocksville fueron claros al otro día, el circo anunciaba en primera plana la  afortunada supervivencia de su mayor atracción, el pequeño Osvald a un encuentro cercano con el más allá, así la muerte de un artista del circo que lamentablemente había sido alcanzado por un rayo.

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De mi pluma, para ustedes.

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