Alas en rojo…

Lentamente me paré en la orilla del balcón desde mi posición podía ver las dos casas,  en ambas se respiraba felicidad, tensión, una especie de vacío en el estómago que por alguna extraña razón los humanos confunden con mariposas.

No, no soy un mirón pervertido cualquiera, mi nombre es Eros, aunque los romanos me llamaron Cupido y con ese nombre soy conocido en estos días, no soy un ser normal, soy lo que mortales llaman una deidad, en mi caso soy el dios del amor y como tal debo observar a esta pareja de tortolos, ellos son muy especiales para mí.

Lo veía todo, Gloria se puso su mejor vestido, se pintó la boca con ese tono rojo que hacía que Teo se volviera loco, se miró en el espejo una vez más, se acomodó el pelo y revisó por última vez su bolso, quería asegurarse de no dejar nada, cepillo, lápiz labial, espejo, maquillaje para un retoque rápido todo lo necesario para que la cita saliera perfecta.

Teo estaba sentado en el sillón de su cuarto, estaba tenso, ya hacía más de una hora que estaba listo para salir con Gloria, pero no se atrevía, había intentado de todo para calmarse, leer un libro, jugar videojuegos, incluso pensó en caminar, pero no quería estar sudado, no antes de llegar a su cita con ella.

Al fin llegó la hora, el reloj marcaba las 5 menos 10, Teo salió de la casa con mucho cuidado para no despertar a su padre que dormía en la sala, subió a su auto y se dirigió a la nevería donde su chica le esperaba.

Fue un viaje tranquilo, a pesar de que las nubes negras que cubrían el cielo presagiaban la tormenta que estaba por llegar, Teo bajó del auto y de inmediato entró a la nevería, por la ventana pudo ver a Gloria sentada en una de las mesas, su cara se iluminó, esa mujer era una belleza, ella volteó y al verlo una sonrisa se dibujó en su rostro.

Yo espere tranquilo mientras gruesas nubes de lluvia corrían por mi rostro, los dos tuvieron una gran velada, rieron, jugaron, se acercaron como nunca antes se habían acercado a otra persona, aquello sin duda, sin ninguna duda era amor, el más puro y precioso amor.

Un rayo atravesó el cielo mientras yo levantaba mi arco, con todo cuidado coloque la flecha y apunté directo a Teo, la flecha salió despedida a toda velocidad pero yo la vi como en cámara lenta, como mágicamente entró sin romper el cristal, como penetró milímetro a milímetro en el pecho de ese muchacho hasta llegar a su corazón.

El efecto fue fulminante, de inmediato Teo se desplomó en el piso, se tomó el pecho y alcanzó a mirar a Gloria, una última mirada antes de hundirse en la oscuridad eterna, quedó ahí tendido, sin vida con los ojos abiertos e inyectados en sangre.

La muchacha no podía creerlo, se levantó de su asiento y corrió hacia él, pero era demasiado tarde, Teo ya no estaba, se había ido, como el sol detrás de aquellos nubarrones, yo extendí mis alas y lentamente bajé a su lado, los verdes ojos de gloria estaban inundados de lágrimas, yo alargué mi invisible mano y acaricié su cabello, ahora era mía, solo mía, para darle todo, todo mi amor.

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Hace rato que tenía este cuento en mente, ayer por fin lo escribí.

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