El cuento del Hermano La Croix…

La puerta del bar se abrió y un hombrecillo salió volando por está, Alfred Jones cayó de bruces sobre unos botes de basura, enfadado se quitó los restos de comida china que cubrían su escaso cabello, volteo y pasó la mano por su rostro, mientras gritaba una serie de improperios al sacaborrachos que haciendo un aspaviento entró sin prestar demasiada atención al molesto ebrio.

Como pudo Alfred se puso de pie –Bonito final, para el mejor día de mi vida- se dijo así mismo mientras avanzaba tambaleándose por las oscuras calles de Nueva Orleans, eran casi las 3 de la mañana cuando llegó a la esquina de un pequeño y tenebroso callejón, a lo lejos podía escucharse a una banda de jazz tocando Jim Crow.

A tientas avanzo por el estrecho callejón mientras recordaba todo lo que había pasado horas antes, primero su auto se había descompuesto, eso le impidió llegar temprano al trabajo y esto ocasionó que Bill Goldman se quedara con el ascenso que él había estado esperando por un año, había trabajado duro por ese ascenso, se había matado vendiendo casas y ahora ese niño bonito venido de Nueva York se quedaba con lo que era suyo, con lo que le pertenecía, lo odiaba, lo odiaba más que a nadie.

De pronto Alfred notó una luz al fondo de aquella callejuela era una débil luz de color rojo que adornaba una puerta cubierta apenas con una cortina hecha aparentemente de cuentas, Jones se acercó a aquella luz y notó que colgaba un cartel que decía “Hermano La Croix: Destino, vida y muerte”.

A punto estaba Alfred de largarse de aquel oscuro lugar cuando una mano lo pescó del cuello de la camisa y lo hizo entrar a aquel lúgubre establecimiento -¡Buenas noches mi estimado amigo! Permítame presentarme, soy el hermano de la Croix- gruñó un extraño hombre afroamericano, su rostro estaba cubierto de cicatrices y lucía un sombrero de copa, no solo eso, era alto, casi 1.93 cosa que contrastaba con su pequeño e insignificante invitado.

Al notar que Alfred estaba asustado La Croix lo sentó en un viejo taburete ante una mesa de madera redonda y llena de manchas rojas, Jones se preguntó de dónde venían pero pronto salió de dudas al ver la gran cantidad de gallinas y cabras muertas que adornaban los estantes y frascos de aquel lugar –Veo que está un poco incómodo- aseguro el dueño del negocio.

Intentando conservar la calma el vendedor de casas contestó –Claro que no, es solo que nunca pensé en venir aquí- de inmediato una sonrisa se dibujó en la cara de La Croix -Mi querido señor, nadie piensa en venir a esta humilde morada, todo él que llega a ella llega porque lo necesita y así lo dicta el destino-.

Nerviosamente Alfred intentó ponerse de pie para marcharse pero entonces las siguientes palabras del hermano La Croix lo detuvieron –Yo sé lo que quieres Alfred Jones- de inmediato tomó asiento de nuevo -¿Cómo es que es tú sabes mi nombre?- acercando su cara al rostro de Alfred el gigante respondió –Se mucho más que eso, yo soy el hermano La Croix, yo sé el destino, yo obró, sobre la vida y sobre la muerte y hoy estás de suerte amigo mío tengo oferta de 2×1-.

Alfred hecho su cara atrás el aliento de La Croix olía a algo malo, algo podrido, pero había algo en sus palabras, en él que lo intrigaba por completo –No me interesa el 2×1, yo solo quiero vengarme de un hombre, de uno solo- dijo mientras estrujaba ansiosamente sus dedos -¿Estás seguro que solo uno? No todos desaprovechan el 2×1- mascullo La Croix sin dejar de sonreír –Solo uno, su nombre es Bill Goldman-.

Justo en ese instante el hermano La Croix subió de un salto sobre la mesa, su enorme e imponente figura estuvo a punto de hacer gritar a Alfred pero este se contuvo –Así lo deseas, así lo tendrás- dijo el hechicero de inmediato tomó una gallina que colgaba del techo, con una daga corto su garganta y la vertió sobre la mesa, se volteó y chocó dos yescas encendiendo una enorme hoguera a sus espaldas, entonces volteo y lanzó un grito tan fuerte, tan agudo, que Alfred dudo que pudiera provenir de un hombre.

Lo que siguió fueron dos 20 minutos interminables de gritos, bailes, palabras extrañas, mientras mezclaba toda clase de polvos sobre la mesa bañada en la sangre de gallina, al terminar el extraño ritual levantó su extraño y sombrío rostro, estaba sudado, su rostro y su ropa un saco de color negro, viejo y desgastado estaban bañados en sangre –Aquí está- dijo respirando de forma apresurada.

-¿Aquí está? ¿Aquí está? ¿Qué?- le preguntó Alfred visiblemente afectado por el grotesco espectáculo que acababa de observar –Esto- contestó, el brujo abrió la palma de su mano y dejó ver un pequeño saco tejido que guardaba dentro una especie de polvo negro.

El pequeño hombre blanco se acercó a ver la bolsa, el hermano La Croix la puso su mano y le hizo cerrar su puño –Este polvo es tu venganza, lo que debes hacer es acercarte a ese que odias y soplar este polvo en su cara, entonces los antiguos vendrán por él y tú tendrás lo que tanto ansias señor Jones, ahora es tiempo de que se vaya-.

La Croix no dio tiempo a más y justo cuando Alfred iba voltear para preguntar el precio, todo se puso negro y de inmediato apareció nuevamente frente al bar de donde había salido aproximadamente una hora antes, desconcertado intento repetir el camino que le había llevado al sombrío callejón pero no lo recordaba.

Luego de un rato parado en una esquina empezó a caminar a paso lento y tambaleante, no sabía si por el licor o por el sueño que acababa de tener, en eso vio una sombra que venía caminando desde la esquina era un hombre alto, de tez blanco y cabello rubio, lo reconoció de inmediato, ese era Bill Goldman, instintivamente se llevó la mano a la bolsa del saco y sintió la bolsita con polvo negro que el hermano La Croix le había dado minutos antes.

Pegado a la pared de un edificio Alfred espero a que Goldman pasara a su lado, apenas lo vio su compañero de trabajo le levantó la mano -¡Hola Al! No esperaba verte por…- pero no terminó su frase pues prácticamente de inmediato Jones sacó el letal contenido y lo sopló sobre el rostro de su enemigo.

La reacción fue instantánea, Goldman se llevó las manos al cuello y empezó a gritar como enloquecido, sus pupilas se pusieron blancas, Alfred dio un paso atrás mientras veía como su víctima caía al suelo, espuma salía de su boca, de un momento a otro se quedó muy quieto, entonces serie de sonidos guturales llenaron la calle, Jones miró aterrado como las lámparas se pagaban una a una hasta llegar a donde el cuerpo de Bill se encontraba tirado entonces la oscuridad rodeo al desdichado que lanzó un último y desesperado alarido antes de fenecer.

Apenas quedó ahí todo volvió a la normalidad las luces encendieron, el sonido del tráfico y la música que sonaban a lo lejos volvieron nuevamente, todo estaba tranquilo, Alfred se quedó ahí como pasmado viendo el cuerpo, disfrutando de la adrenalina del momento, pero una mano lo sacó de su ensimismamiento –Espero hayas disfrutado- susurro lentamente el hermano La Croix.

El frío aliento del hechicero hizo que Alfred sintiera como un escalofrío bajaba por todo su cuerpo –Y Ahora…mi pago- antes de que pudiera preguntar a qué se refería Jones vio como sacaba una jarra de color ambarino, La Croix se acercó al cadáver y la puso sobre el rostro del cadáver.

Lo que pasó a continuación fue algo que hizo desaparecer el color de la cara de Alfred una luz azul salió por la boca de fallecido, apenas salió La Croix cerró nuevamente el frasco y sonriendo la levantó dejando que la pobre luz que emitía iluminara su cínica expresión de triunfo – ¡Es mía! ¡Una más que ofrecer a los antiguos!-.

Todavía sin poder creer lo que acababa de presenciar Alfred se acercó vacilante -¿Qué es eso?- dijo señalando la esfera de luz –Esto mi querido amigo- es un alma, pero solo es la mitad del pago aún me falta la otra y sin decir otra palabra La Croix pescó a un sorprendido Jones por el cuello, lo levantó en vilo con pasmosa facilidad y puso el frasco en su boca.

Por unos instantes el hombre se defendió, pero finalmente sus pies dejaron de moverse y su cuerpo cansado de luchar quedó completamente laxó, apenas todo terminó la boca de Alfred se iluminó y el alma del desdichado sujeto salió por su boca para alojarse en aquel recipiente maldito –Te dije que hoy era 2×1, pero nunca te dije para quien- sentenció el hermano La croix que río socarronamente y mientras se alejaba por el oscuro callejón que daba a su local encendió un habano y dio una profunda bocanada, se lo merecía por una noche de trabajo bien hecho.

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Un cuento escrito por un  servidor que empece hace 3 días y hoy aquí esta para ustedes, espero les agrade.

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