Sombra…

Edgar Allan Poe.

Sí, aunque marcho por el valle de la Sombra.
(Salmo de David, XXIII)

Vosotros los que leéis aún estáis entre los vivos; pero yo, el que escribe, habré entrado hace mucho en la región de las sombras. Pues en verdad ocurrirán muchas cosas, y se sabrán cosas secretas, y pasarán muchos siglos antes de que los hombres vean este escrito. Y, cuando lo hayan visto, habrá quienes no crean en él, y otros dudarán, mas unos pocos habrá que encuentren razones para meditar frente a los caracteres aquí grabados con un estilo de hierro.

El año había sido un año de terror y de sentimientos más intensos que el terror, para los cuales no hay nombre sobre la tierra. Pues habían ocurrido muchos prodigios y señales, y a lo lejos y en todas partes, sobre el mar y la tierra, se cernían las negras alas de la peste. Para aquellos versados en la ciencia de las estrellas, los cielos revelaban una faz siniestra; y para mí, el griego Oinos, entre otros, era evidente que ya había llegado la alternación de aquel año 794, en el cual, a la entrada de Aries, el planeta Júpiter queda en conjunción con el anillo rojo del terrible Saturno. Si mucho no me equivoco, el especial espíritu del cielo no sólo se manifestaba en el globo físico de la tierra, sino en las almas, en la imaginación y en las meditaciones de la humanidad.

En una sombría ciudad llamada Ptolemáis, en un noble palacio, nos hallábamos una noche siete de nosotros frente a los frascos del rojo vino de Chíos. Y no había otra entrada a nuestra cámara que una alta puerta de bronce; y aquella puerta había sido fundida por el artesano Corinnos, y, por ser de raro mérito, se la aseguraba desde dentro. En el sombrío aposento, negras colgaduras alejaban de nuestra vista la luna, las cárdenas estrellas y las desiertas calles; pero el presagio y el recuerdo del Mal no podían ser excluidos. Estábamos rodeados por cosas que no logro explicar distintamente; cosas materiales y espirituales, la pesadez de la atmósfera, un sentimiento de sofocación, de ansiedad; y por, sobre todo, ese terrible estado de la existencia que alcanzan los seres nerviosos cuando los sentidos están agudamente vivos y despiertos, mientras las facultades yacen amodorradas. Un peso muerto nos agobiaba. Caía sobre los cuerpos, los muebles, los vasos en que bebíamos; todo lo que nos rodeaba cedía a la depresión y se hundía; todo menos las llamas de las siete lámparas de hierro que iluminaban nuestra orgía. Alzándose en altas y esbeltas líneas de luz, continuaban ardiendo, pálidas e inmóviles; y en el espejo que su brillo engendraba en la redonda mesa de ébano a la cual nos sentábamos, cada uno veía la palidez de su propio rostro y el inquieto resplandor en las abatidas miradas de sus compañeros. Y, sin embargo, reíamos y nos alegrábamos a nuestro modo -lleno de histeria-, y cantábamos las canciones de Anacreonte -llenas de locura-, y bebíamos copiosamente, aunque el purpúreo vino nos recordaba la sangre. Porque en aquella cámara había otro de nosotros en la persona del joven Zoilo. Muerto y amortajado yacía tendido cuan largo era, genio y demonio de la escena. ¡Ay, no participaba de nuestro regocijo! Pero su rostro, convulsionado por la plaga, y sus ojos, donde la muerte sólo había apagado a medias el fuego de la pestilencia, parecían interesarse en nuestra alegría, como quizá los muertos se interesan en la alegría de los que van a morir. Mas aunque yo, Oinos, sentía que los ojos del muerto estaban fijos en mí, me obligaba a no percibir la amargura de su expresión, y mientras contemplaba fijamente las profundidades del espejo de ébano, cantaba en voz alta y sonora las canciones del hijo de Teos.

Poco a poco, sin embargo, mis canciones fueron callando y sus ecos, perdiéndose entre las tenebrosas colgaduras de la cámara, se debilitaron hasta volverse inaudibles y se apagaron del todo. Y he aquí que de aquellas tenebrosas colgaduras, donde se perdían los sonidos de la canción, se desprendió una profunda e indefinida sombra, una sombra como la que la luna, cuando está baja, podría extraer del cuerpo de un hombre; pero ésta no era la sombra de un hombre o de un dios, ni de ninguna cosa familiar. Y, después de temblar un instante, entre las colgaduras del aposento, quedó, por fin, a plena vista sobre la superficie de la puerta de bronce. Mas la sombra era vaga e informe, indefinida, y no era la sombra de un hombre o de un dios, ni un dios de Grecia, ni un dios de Caldea, ni un dios egipcio. Y la sombra se detuvo en la entrada de bronce, bajo el arco del entablamento de la puerta, y sin moverse, sin decir una palabra, permaneció inmóvil. Y la puerta donde estaba la sombra, si recuerdo bien, se alzaba frente a los pies del joven Zoilo amortajado. Mas nosotros, los siete allí congregados, al ver cómo la sombra avanzaba desde las colgaduras, no nos atrevimos a contemplarla de lleno, sino que bajamos los ojos y miramos fijamente las profundidades del espejo de ébano. Y al final yo, Oinos, hablando en voz muy baja, pregunté a la sombra cuál era su morada y su nombre. Y la sombra contestó: «Yo soy SOMBRA, y mi morada está al lado de las catacumbas de Ptolemáis, y cerca de las oscuras planicies de Clíseo, que bordean el impuro canal de Caronte.»

Y entonces los siete nos levantamos llenos de horror y permanecimos de pie temblando, estremecidos, pálidos; porque el tono de la voz de la sombra no era el tono de un solo ser, sino el de una multitud de seres, y, variando en sus cadencias de una sílaba a otra, penetraba oscuramente en nuestros oídos con los acentos familiares y harto recordados de mil y mil amigos muertos.

FIN

Anuncios

El Ropavejero…

Nunca supe bien a bien de donde llegó don Nicasio Martínez, todo lo que sé es que el viejo barrio de San Juan no hubiera sido lo mismo sin él, aún recuerdo sus gritos al pasar por la plazuela del mercadito donde los niños corrían a sus anchas y los perros bebían del agua de la fuente en tiempos de calor.

Las temperaturas del verano era suficiente para disuadir a mucha gente de salir a las calles pero no al ropavejero que siempre entonaba su clásica cantar “¡Ropa, fierro, tiliches viejos que venda!” llevaba siempre un enorme saco de lona donde guardaba toda clase de botes usados mientras empujaba un triciclo tan antiguo como su propio dueño.

La edad de don Nicasio nadie la supo y creo que nadie se atrevió a preguntar, pero las canas ya poblaban su cabeza y las arrugas surcaban su rostro, llevaba además en su brazo una cicatriz de bala que lucía orgulloso, contando que se la hizo peleando a las órdenes del general Obregón.

Aún me parece ver su figura acercándose por la calle principal, su andar algo lento por los caminos empedrados que tantas veces recorrió con sus gastadas chanclas de piel, su blanca camisa y sus pantalones arremangados, se secaba la frente con un desteñido pañuelo que alguna vez fue rojo mientras se acomodaba el sombrero y daba los buenos días a todo aquel que se cruzara en su camino.

No viene a mi cabeza cuando es que don Nicasio dejó de aparecer por San Juan, solo sé que un día, doña Susana, la señora de la tienda le dijo a mi madre que había muerto mientras dormía en el pequeño cuarto de pensión que rentaba, hombre soltero y sin fortuna, no dejó mucho materialmente en este mundo, pero me gusta pensar que dejó una historia y muchos, muchos recuerdos que durarán por siempre.

—————————-
Pequeño cuento, que acabo de escribir.

El gato negro…

Edgar Allan Poe.

No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.

Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.

Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.

Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.

Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.

Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.

Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.

Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.

El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.

La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: “¡Incendio!” Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.

No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras “¡extraño!, ¡curioso!” y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal.

Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.

Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.

Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.

Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él.

Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.

Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.

Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y más puros.

El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor al animal.

Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra…, ¡la imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!

Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón.

Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba.

Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.

Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.

El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.

No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: “Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano”.

Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma.

Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada.

Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.

-Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida… (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes… ¿ya se marchan ustedes, caballeros?… tienen una gran solidez.

Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón.

¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación.

Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!

El cuento del Hermano La Croix…

La puerta del bar se abrió y un hombrecillo salió volando por está, Alfred Jones cayó de bruces sobre unos botes de basura, enfadado se quitó los restos de comida china que cubrían su escaso cabello, volteo y pasó la mano por su rostro, mientras gritaba una serie de improperios al sacaborrachos que haciendo un aspaviento entró sin prestar demasiada atención al molesto ebrio.

Como pudo Alfred se puso de pie –Bonito final, para el mejor día de mi vida- se dijo así mismo mientras avanzaba tambaleándose por las oscuras calles de Nueva Orleans, eran casi las 3 de la mañana cuando llegó a la esquina de un pequeño y tenebroso callejón, a lo lejos podía escucharse a una banda de jazz tocando Jim Crow.

A tientas avanzo por el estrecho callejón mientras recordaba todo lo que había pasado horas antes, primero su auto se había descompuesto, eso le impidió llegar temprano al trabajo y esto ocasionó que Bill Goldman se quedara con el ascenso que él había estado esperando por un año, había trabajado duro por ese ascenso, se había matado vendiendo casas y ahora ese niño bonito venido de Nueva York se quedaba con lo que era suyo, con lo que le pertenecía, lo odiaba, lo odiaba más que a nadie.

De pronto Alfred notó una luz al fondo de aquella callejuela era una débil luz de color rojo que adornaba una puerta cubierta apenas con una cortina hecha aparentemente de cuentas, Jones se acercó a aquella luz y notó que colgaba un cartel que decía “Hermano La Croix: Destino, vida y muerte”.

A punto estaba Alfred de largarse de aquel oscuro lugar cuando una mano lo pescó del cuello de la camisa y lo hizo entrar a aquel lúgubre establecimiento -¡Buenas noches mi estimado amigo! Permítame presentarme, soy el hermano de la Croix- gruñó un extraño hombre afroamericano, su rostro estaba cubierto de cicatrices y lucía un sombrero de copa, no solo eso, era alto, casi 1.93 cosa que contrastaba con su pequeño e insignificante invitado.

Al notar que Alfred estaba asustado La Croix lo sentó en un viejo taburete ante una mesa de madera redonda y llena de manchas rojas, Jones se preguntó de dónde venían pero pronto salió de dudas al ver la gran cantidad de gallinas y cabras muertas que adornaban los estantes y frascos de aquel lugar –Veo que está un poco incómodo- aseguro el dueño del negocio.

Intentando conservar la calma el vendedor de casas contestó –Claro que no, es solo que nunca pensé en venir aquí- de inmediato una sonrisa se dibujó en la cara de La Croix -Mi querido señor, nadie piensa en venir a esta humilde morada, todo él que llega a ella llega porque lo necesita y así lo dicta el destino-.

Nerviosamente Alfred intentó ponerse de pie para marcharse pero entonces las siguientes palabras del hermano La Croix lo detuvieron –Yo sé lo que quieres Alfred Jones- de inmediato tomó asiento de nuevo -¿Cómo es que es tú sabes mi nombre?- acercando su cara al rostro de Alfred el gigante respondió –Se mucho más que eso, yo soy el hermano La Croix, yo sé el destino, yo obró, sobre la vida y sobre la muerte y hoy estás de suerte amigo mío tengo oferta de 2×1-.

Alfred hecho su cara atrás el aliento de La Croix olía a algo malo, algo podrido, pero había algo en sus palabras, en él que lo intrigaba por completo –No me interesa el 2×1, yo solo quiero vengarme de un hombre, de uno solo- dijo mientras estrujaba ansiosamente sus dedos -¿Estás seguro que solo uno? No todos desaprovechan el 2×1- mascullo La Croix sin dejar de sonreír –Solo uno, su nombre es Bill Goldman-.

Justo en ese instante el hermano La Croix subió de un salto sobre la mesa, su enorme e imponente figura estuvo a punto de hacer gritar a Alfred pero este se contuvo –Así lo deseas, así lo tendrás- dijo el hechicero de inmediato tomó una gallina que colgaba del techo, con una daga corto su garganta y la vertió sobre la mesa, se volteó y chocó dos yescas encendiendo una enorme hoguera a sus espaldas, entonces volteo y lanzó un grito tan fuerte, tan agudo, que Alfred dudo que pudiera provenir de un hombre.

Lo que siguió fueron dos 20 minutos interminables de gritos, bailes, palabras extrañas, mientras mezclaba toda clase de polvos sobre la mesa bañada en la sangre de gallina, al terminar el extraño ritual levantó su extraño y sombrío rostro, estaba sudado, su rostro y su ropa un saco de color negro, viejo y desgastado estaban bañados en sangre –Aquí está- dijo respirando de forma apresurada.

-¿Aquí está? ¿Aquí está? ¿Qué?- le preguntó Alfred visiblemente afectado por el grotesco espectáculo que acababa de observar –Esto- contestó, el brujo abrió la palma de su mano y dejó ver un pequeño saco tejido que guardaba dentro una especie de polvo negro.

El pequeño hombre blanco se acercó a ver la bolsa, el hermano La Croix la puso su mano y le hizo cerrar su puño –Este polvo es tu venganza, lo que debes hacer es acercarte a ese que odias y soplar este polvo en su cara, entonces los antiguos vendrán por él y tú tendrás lo que tanto ansias señor Jones, ahora es tiempo de que se vaya-.

La Croix no dio tiempo a más y justo cuando Alfred iba voltear para preguntar el precio, todo se puso negro y de inmediato apareció nuevamente frente al bar de donde había salido aproximadamente una hora antes, desconcertado intento repetir el camino que le había llevado al sombrío callejón pero no lo recordaba.

Luego de un rato parado en una esquina empezó a caminar a paso lento y tambaleante, no sabía si por el licor o por el sueño que acababa de tener, en eso vio una sombra que venía caminando desde la esquina era un hombre alto, de tez blanco y cabello rubio, lo reconoció de inmediato, ese era Bill Goldman, instintivamente se llevó la mano a la bolsa del saco y sintió la bolsita con polvo negro que el hermano La Croix le había dado minutos antes.

Pegado a la pared de un edificio Alfred espero a que Goldman pasara a su lado, apenas lo vio su compañero de trabajo le levantó la mano -¡Hola Al! No esperaba verte por…- pero no terminó su frase pues prácticamente de inmediato Jones sacó el letal contenido y lo sopló sobre el rostro de su enemigo.

La reacción fue instantánea, Goldman se llevó las manos al cuello y empezó a gritar como enloquecido, sus pupilas se pusieron blancas, Alfred dio un paso atrás mientras veía como su víctima caía al suelo, espuma salía de su boca, de un momento a otro se quedó muy quieto, entonces serie de sonidos guturales llenaron la calle, Jones miró aterrado como las lámparas se pagaban una a una hasta llegar a donde el cuerpo de Bill se encontraba tirado entonces la oscuridad rodeo al desdichado que lanzó un último y desesperado alarido antes de fenecer.

Apenas quedó ahí todo volvió a la normalidad las luces encendieron, el sonido del tráfico y la música que sonaban a lo lejos volvieron nuevamente, todo estaba tranquilo, Alfred se quedó ahí como pasmado viendo el cuerpo, disfrutando de la adrenalina del momento, pero una mano lo sacó de su ensimismamiento –Espero hayas disfrutado- susurro lentamente el hermano La Croix.

El frío aliento del hechicero hizo que Alfred sintiera como un escalofrío bajaba por todo su cuerpo –Y Ahora…mi pago- antes de que pudiera preguntar a qué se refería Jones vio como sacaba una jarra de color ambarino, La Croix se acercó al cadáver y la puso sobre el rostro del cadáver.

Lo que pasó a continuación fue algo que hizo desaparecer el color de la cara de Alfred una luz azul salió por la boca de fallecido, apenas salió La Croix cerró nuevamente el frasco y sonriendo la levantó dejando que la pobre luz que emitía iluminara su cínica expresión de triunfo – ¡Es mía! ¡Una más que ofrecer a los antiguos!-.

Todavía sin poder creer lo que acababa de presenciar Alfred se acercó vacilante -¿Qué es eso?- dijo señalando la esfera de luz –Esto mi querido amigo- es un alma, pero solo es la mitad del pago aún me falta la otra y sin decir otra palabra La Croix pescó a un sorprendido Jones por el cuello, lo levantó en vilo con pasmosa facilidad y puso el frasco en su boca.

Por unos instantes el hombre se defendió, pero finalmente sus pies dejaron de moverse y su cuerpo cansado de luchar quedó completamente laxó, apenas todo terminó la boca de Alfred se iluminó y el alma del desdichado sujeto salió por su boca para alojarse en aquel recipiente maldito –Te dije que hoy era 2×1, pero nunca te dije para quien- sentenció el hermano La croix que río socarronamente y mientras se alejaba por el oscuro callejón que daba a su local encendió un habano y dio una profunda bocanada, se lo merecía por una noche de trabajo bien hecho.

—————————————————————-

Un cuento escrito por un  servidor que empece hace 3 días y hoy aquí esta para ustedes, espero les agrade.

Cuento: Libre…

Todavía recuerdo el silencio de la noche, los grillos cantando en las lodosas charcas llenas de sapo toros, las cigarras zumbando en cada rama, mientras el viento soplaba entre las hojas de los árboles que caían haciendo inquietos remolinos.

Acostado frente a la fogata, tocando la oxidada armónica que el abuelo Joseph me dio por navidad, mientras una tetera humeante anunciaba con su chillante silbido que el café ya estaba listo para beber.

Pero que bien se estaba ahí, allá lejos del pueblo con sus cercos y sus casas, de los autos y sus ruidosos motores, de los hombres y todos sus problemas, acostado ahí con las estrellas por techo y la luna de plata como única compañera.

Que borroso suena ya el aullido del cansado lobo en aquellos montañosos y desolados parajes que tantas y tantas veces recorrí, que neblinoso el recuerdo de aquella tierra de nadie que se volvía por unos segundos mía y me envolvía en su calidez mágica y llena de vida.

Ahora, aquí sentado en esta mecedora que chirrea, se alimentan esas vivencias, cierro los ojos y una vez más regreso a las cigarras y los lobos aulladores, a la fogata crepitante y la luna de plata, regreso a ser yo, regreso a ser, lo que siempre fui.

———————————————

Un cuento que escribí en plena libertad.

La Corta Historia de Jonas Ferreira…

Jonás siempre soñó con ser portero, ese era su único sueño ser el mejor arquero de todo Brasil, mientras otros niños soñaban con ser delanteros o medios el solo quería estar bajo los tres palos, detener lo que viniera.

El joven fue un niño pobre, nació en una de las favelas más marginales de Sao Paulo, a los 3 años empezó a jugar en las atestadas calles del barrio, las estrechas escaleras y maltrechas paredes se convirtieron en sus primeras canchas, llevaba a todos lados una bola hecha de tela con la que sus amigos y él fingían ser grandes estrellas.

El futbol era su luz, su esperanza, de noche debía volver a su realidad a una casa pequeña y llena de goteras, una madre que parecía estar ausente, agotada por el trabajo y las continuas golpizas a la que la sometía su alcohólico esposo. Entraba con cuidado a la casa para no despertar a Glaucio, su padre que dormía entre ronquidos y continuos suspiros incomodos, buscando un lugar para tenderse y dormir con el hambre royendo las tripas, para soñar con ser un grande.

De eso habían pasado quince años, ahora Jonás tenía 30 años, ahora podía escuchar a la gente gritando en el estadio, ahora podía escuchar a todos gritar ¡Brasil! ¡Brasil! Con una fuerza indescriptible una emoción que llenaba el alma y hacía hervir la sangre. La gente sentada en las butacas junto las manos faltaba un minuto para que el equipo de casa fuera campeón otra vez.

Jonás se paró frente a la portería un hombre avanzó hacia él, su mirada estaba decidida, iba a terminar todo de un solo tiro y mientras en el estadio el portero de Brasil detenía la pena máxima que los convertía en campeones del mundo, en la cancha de la favela esa que tanto usaba de niño, Jonás Ferreira, un pobre ladrón de autos de la zona, moría desangrado.